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La Trashumancia
VIDA COTIDIANA Y OFICIOS TRADICIONALES
La trashumancia consistía en llevar las ovejas desde los fríos y áridos terrenos de invierno de Prádena, hasta las cálidas y fértiles tierras de Extremadura y de Toledo. El pastor, salía con su rebaño de ovejas en noviembre y volvía Prádena en junio del año siguiente.
Durante muchos inviernos, cuando los fríos apretaban en la Sierra del Rincón, los pastores de Prádena preparaban su marcha. Dejaban atrás su casa, su familia y su pueblo, y se echaban al camino junto a sus ovejas, rumbo al sur. Era el viejo rito de la trashumancia: siete meses fuera, desde noviembre hasta junio, cruzando caminos, ríos, fincas y soledades, en busca de pastos más cálidos donde el rebaño pudiera alimentarse.
Uno de los pastores del pueblo contó cómo fue aquella vida.
Empecé con solo dieciséis años. Aquel primer invierno bajamos con dieciséis corderos nacidos en Prádena. Fue un invierno duro, de esos que se clavan en la memoria: muchos corderos murieron por el camino. Tardamos once días en llegar a Monte Alamín, en Toledo, cerca de Almorox, donde arrendábamos fincas para quedarnos una temporada.
La vida del camino era ruda. Dormíamos en chozas redondas que levantábamos con retamas. En el centro colgábamos una caldera de un alambre para cocinar, y a los lados nos acostábamos sobre camastros de palos y sacos de paja. El más joven —yo, el zagal— era el encargado de guisar, mientras el mayoral compraba en el pueblo pan, tocino, garbanzos, judías y queso (¡el de agujeros era el más rico!). Por la mañana hacíamos migas con leche de cabra; al mediodía comíamos un torrezno, y por la noche, cuando había más tiempo, cocido o patatas guisadas. No había mucha variedad.
Nos acompañaban dos o tres mastines, un par de burras y una yegua. Llevábamos también una red para encerrar el rebaño por la noche. Cuando se intuía peligro de lobos, construíamos una choza pequeña junto a la red, casi pegada al rebaño. La puerta era tan baja que había que entrar a gatas. Allí dormíamos, atentos a cualquier balido alterado.
Una noche, ya en Jaén, me tocó cuidar las ovejas cerca de un embalse, algo alejado del grupo. Al oír aullar a los lobos, las ovejas se arrimaron todas a mí. Azucé a los mastines, di voces y conseguí ahuyentar a los lobos. A la mañana siguiente nos enteramos de que, en la finca de al lado, los lobos habían matado un ternero.
Otra vez, en febrero, noté que cinco o seis ovejas del grupo delantero volvían corriendo. A una, el lobo la mordió en los riñones. Di un grito, el lobo soltó a la oveja y de su boca salió un buen trozo de lana. La curamos con aceite templado y, por suerte, se salvó.
El miedo al lobo era real. En los años setenta, incluso en Prádena, se hablaba de uno que encamaba en el Plantío. Nunca atacó al rebaño del pueblo —quizás por astucia—, pero todos sabíamos que estaba allí. Una vez, un cazador, el señor Felipe, lo abatió en una batida y lo pasearon por el pueblo como trofeo. Los ganaderos le dieron una propina en agradecimiento. Poco después, vino Félix Rodríguez de la Fuente al Hayedo y empezó a hablar de protegerlos. Los tiempos estaban cambiando.
Pero no solo los lobos eran un problema. Las garrapatas, por ejemplo, eran una plaga en algunos años. Se prendían en los pechos de las ovejas, donde no tenían lana, y había que quitarlas a mano cada mañana. A veces usábamos los polvos Zeta Zeta, que funcionaban muy bien.
Recuerdo una temporada en la finca de Bañuela, en Toledo, cuando me tocó estar solo con el rebaño. Dormía en una cueva de piedra caliza, cerca del río Manzanares, acompañado solo por murciélagos en las cuevas de al lado. Dormía en el suelo, sobre camas de paja. Una noche, al cruzar el río crecido tras una tormenta, sentí que si me caía nadie iba a socorrerme. «No puedo ponerme malo», me repetía.
Pero no todo era soledad. Cada vez que podía, escribía a mi novia, aprovechando la luz del día o la lumbre. La enviaba cartas cada ocho días, cuando bajábamos al pueblo a comprar o lavar ropa. Tardaban dos o tres días en llegar a Prádena. Nos escribimos durante años. Una vez casado, solo bajé dos inviernos más.
También había sitio para el ocio: alguna partida de cartas, brisca o siete y media, cuando el tiempo lo permitía.
Y así era la trashumancia: dura, callada, con frío, barro, hambre y miedo, pero también con momentos de compañerismo, sabiduría del campo y resistencia. Aquellos hombres, desde los catorce o dieciséis años, se hacían mayores en la soledad de la vereda, acompañados solo por sus perros, su manta, su zurrón… y más de mil ovejas.
Para completar ese relato, aquí os detallo la historia real de los lugares que visitó el pastor durante doce años de trashumancia.
Este relato es un homenaje lleno de reconocimiento, orgullo y admiración a tantos hombres que hicieron la trashumancia en Prádena, y también a sus mujeres y familias, que quedaban solas en el pueblo durante siete meses, sacando adelante las tareas del hogar, cuidando de los hijos y atendiendo las labores del campo.
Fui pastor trashumante desde los 16 hasta los 28 años. Doce inviernos, doce caminos distintos, doce tierras que aún hoy recuerdo con claridad: sus paisajes, sus olores, su frío y su calor, las dificultades y también alguna alegría. La trashumancia era más que un trabajo; era una forma de vivir, de resistir, de conocer el mundo a pie, caminando con las ovejas como únicas compañeras.
Cada año, a principios de octubre, mi padre se adelantaba unos días para inspeccionar los campos y elegir el pueblo donde pasaríamos los siguientes siete meses con las ovejas. Nosotros salíamos de Prádena un poco después, a principios de noviembre, cuando ya estaba todo hablado y alquilado. Siempre nos cobraban un precio por el uso de las tierras. A veces compartíamos pastos con toros bravos, cerdos o cerdas. Había que andar con cuidado, porque las cerdas, si te descuidabas, se comían los corderillos recién nacidos.
Cada día salíamos a carear, a llevar las ovejas a su zona de comida. Dormíamos todos juntos en una choza o en un refugio improvisado, y allí comíamos y cenábamos. Durante el día, cada uno cuidaba de su propio rebaño, en silencio, a veces durante horas, con el zurrón al hombro y los ojos en el horizonte.
Toledo fue el destino del primer invierno, en la finca Cerro de la Coja, aunque todo el mundo la conocía por los Montes de Alamín. Estaba al norte de la provincia, cerca ya de la frontera con Madrid. Allí fui con mi tío y con otro pastor del pueblo. El viaje lo hicimos andando, como era costumbre.
Después vinieron otros viajes a tierras toledanas: Santa Cruz del Retamar, un pueblo grande de unos 4000 habitantes. A comprar víveres bajábamos allí, pero el pasto lo teníamos en el monte. También allí llegamos a pie. Luego, Talavera de la Reina, en la finca La Bañuela, junto a otros dos amigos del pueblo. Otra vez, viaje a pie.
En el pequeño pueblo de Sotillo de las Palomas, de apenas cien habitantes, pasamos otro invierno. Estaba más hacia el oeste, más cerca de Extremadura y de la provincia de Ávila, rodeado de pinares, álamos y encinas. Pastábamos en la finca Chinillas con un rebaño de unas quinientas ovejas. Ese fue un año cruel: no llovió en primavera, el verano fue abrasador y el otoño no trajo consuelo. Se nos murieron muchas ovejas de hambre. De quinientas, solo nos quedaron cien. Un auténtico desastre ver morir a nuestras ovejas y no poder remediarlo. Tanto esfuerzo, sacrificio y trabajo, para nada.
También bajamos al sur, a tierras andaluzas. En la provincia de Jaén estuvimos en el pueblo de Baños de la Encina, en la finca Martiguelo. Hicimos el tramo a pie hasta Villalba, donde tardábamos entre tres y cuatro días, y allí cogimos el tren que nos dejó en La Carolina. El viaje en tren duraba unos dos días. Las ovejas iban en un vagón de ganado, la caballeriza en otro, y nosotros en un vagón también de transporte. Las ovejas a veces enfermaban durante el trayecto, ya que no podían comer ni beber, y algunas se quedaban ciegas al bajar del tren a la llegada.
En otro invierno andaluz fuimos a Linares, también en Jaén, a la finca Malena. Esta vez también viajamos en tren, pero bajamos andando hasta Los Yébenes.
En Badajoz estuvimos entre Mérida y Cordobilla de Lácara, en la finca Coto de Vera. Desde Villalba embarcamos en tren hasta Mérida. Allí las distancias eran largas, y el frío del amanecer en los vagones no se olvida fácilmente.
Algún año nos quedábamos más cerca. En la provincia de Madrid pasamos inviernos en Vallecas, en la finca Cueva de la Magdalena, a orillas del río Manzanares. Allí vivía gente que, después de la guerra, había hecho de las cuevas su hogar. Otro año estuvimos en el aeródromo de Cuatro Vientos, en la finca Los Retamales, que era campo de tiro de los militares. Teníamos una especie de código con ellos: cuando ondeaba una bandera en el campamento, sabíamos que tocaba retirar las ovejas del centro de tiro. Todo se hacía andando, como siempre.
En otro año volvimos a Vallecas, a la finca El Hundidero. En aquellos años teníamos siempre dos o tres mastines que nos ayudaban a defender el rebaño de los lobos, y también dos o tres burros o yeguas para llevar el equipaje o hacer la compra durante la estancia. Dormíamos sobre un saco de paja, que era duro, pero era lo que había.
Todos los caminos me enseñaron algo. Me mostraron la dureza del campo, la nobleza del animal, el silencio del sol de invierno y la soledad de un camino que no siempre tenía final. Pero también aprendí que cada paso, cada jornada, cada noche al raso formaba parte de mi vida y era necesario para mi familia.
Doce años, doce tierras, doce caminos distintos. Ninguno igual al anterior.
