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La casa del Cura
ARQUITECTURA Y PATRIMONIO RURAL
La casa del cura albergaba al sacerdote que atendía Prádena y también oficiaba en Madarcos. Más que vivienda religiosa, fue un espacio de convivencia: las mujeres se reunían allí para merendar y charlar. En Cuaresma, los vecinos acudían a solicitar la bula. Los vecinos recuerdan a don Alfredo, don Eutiquio, don Paulino, don Uber y don Demetrio.
A finales de los años 40, en Prádena, se construyó una casa especial. Fue levantada por el Servicio Nacional de Regiones Devastadas, con un destino claro: ser la residencia del párroco.
Allí vivía el cura que en ese momento hubiese sido asignado al pueblo por el obispado. En aquellos años, el sacerdote no solo se ocupaba de las misas y oficios religiosos de Prádena, sino que cada domingo caminaba hasta Madarcos para celebrar la eucaristía también allí.
La casa del cura estuvo habitada hasta finales del siglo XX; hoy día acoge a jóvenes. Pero más allá de su función religiosa, fue también un lugar de encuentro. Especialmente, las mujeres del pueblo solían reunirse allí para merendar juntas, charlar, compartir recetas, risas y confidencias. En la entrada había una habitación donde, en Cuaresma, los vecinos acudían a solicitar la bula.
Si hay una imagen que ha quedado viva en la memoria del pueblo, es la de las corridas de vaquillas que se organizaban en el huerto de la casa durante las fiestas. Con los carros de los vecinos se montaba un ruedo improvisado, y entre emoción y risas, algunos se animaban a correr delante de la vaquilla, bajo la atenta mirada de los mayores y las carcajadas de los niños.
Hoy, aunque esa casa ya no cumple la función que tuvo en su origen, sigue siendo un símbolo de los muchos curas que pasaron por Prádena, dejando cada uno su huella en la memoria del pueblo.
El primero del que muchos se acuerdan fue don Alfredo, aunque con el tiempo llegarían otros como don Eutiquio, don Paulino, don Uber y don Demetrio, cada uno con sus historias y anécdotas entrañables.
Don Eutiquio fue especialmente querido por los niños en los años 60. Era de esos curas cercanos, que sabían cómo ganarse el cariño de los más pequeños. En Reyes, don Eutiquio traía juguetes, lo que convertía esas fiestas en algo aún más especial. También fue él quien organizó las corridas de vaquillas en la huerta del cura.
Antes que él, en los años 50, estuvo don Paulino, otro cura muy recordado, sobre todo porque casó a varias parejas del pueblo.
Don Uber, don Demetrio, don Eutiquio, don Paulino… todos dejaron una huella profunda entre los habitantes y creyentes de Prádena.
