Pradena del Rincon

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Las Ovejas

VIDA COTIDIANA Y OFICIOS TRADICIONALES

La ganadería ovina fue una de las principales actividades económicas del pueblo. En el año 1979 había más de 1.100 ovejas merinas y seis pastores. Se enfrentaban a numerosas enfermedades en las ovejas. Por ejemplo la basquilla, que podía paralizar a los animales; el «gusano de la mosca», que infectaba heridas; el pedrero, que dañaba pezuñas; la roña, similar a la sarna; y las picaduras de víbora o garrapatas, que debilitaban al rebaño. Los tratamientos eran rudimentarios, usando Zotal o limpieza.

Un momento importante para los pastores era cuando moría una oveja o un carnero. Se le quitaba la piel, que se colocaba en una vara para que se secara al aire. En pocos días se oreaba. Entonces venía el pielero —un tratante que pasaba de vez en cuando por el pueblo— y la compraba. También servía la piel de zorra. Pagaban poco y no se podía regatear. Aquel hombre se llamaba Juan, y era de Santo Tomé.

Según el testimonio oral de un pastor del pueblo, y también relacionado con el mundo de las ovejas, en una ocasión se cruzó un carnero semental de raza churra, procedente de Cabanillas de la Sierra, con las ovejas merinas para así obtener mejor leche en lugar de lana. También se pensaba que, gracias a ese cruce, ya no sería necesario llevar las ovejas en trashumancia. Ahora que estaban asentadas en Prádena, era más conveniente ordeñarlas. Con el tiempo, y ya pasados algunos años, aquel semental churro fue cambiado a Claudio, de La Puebla, porque el carnero ya era muy viejo. Aun así, pese a su edad, seguía siendo un animal de facciones y proporciones muy bonitas.

Una de las grandes preocupaciones de los pastores eran las distintas enfermedades que padecían las ovejas. Una de las más temidas era la basquilla. Algunos animales quedaban paralizados. Nos cuenta nuestro pastor que, una vez, un carnero en el río Manzanares estuvo quince días sin poder levantarse; comía el pienso de medio lado y logró curarse. Explica que, para tratarlos, se les hacía un pequeño corte en los lagrimales para que sangraran un poco. La enfermedad aparecía al comer hierbas malas que crecían en primavera, antes de que el sol de la mañana secara el rocío. En Prádena había que tener mucho cuidado con las hierbas en el arroyo del Caño: a partir de San Pedro ya se podía apacentar el ganado sin riesgo. Cuentan que, una vez, una oveja enloqueció por la basquilla y se lanzó corriendo cuesta abajo por la dehesilla hasta morir en el río.

También estaba el llamado «gusano de la mosca», una infestación causada por larvas que las moscas depositaban en las heridas de los animales, principalmente en las ovejas. Cuando las larvas crecían, se alimentaban de los tejidos vivos o muertos, causando infecciones, mal olor, dolor e incluso la muerte en casos graves.

Los sementales, los carneros, a veces se hacían heridas en el meano. Había muchas moscas en la zona del Plantío. Según la experiencia de un pastor: Aprovechábamos cuando estaban sesteando en el Salegar Bajero y la Fuente Gómez, en lo que se llama el Sextil de la Mata. Allí había una nube de moscas y tábanos, pero yo los curaba con un frasco de Zotal cuando dormían la siesta. Él mismo recuerda: A mí, una vez, una moscarda me picó en un ojo y me tuvieron que quitar la larva; todo fue muy rápido.

Otra enfermedad frecuente se manifestaba en forma de bultos en el pecho y el cuello. El bulto crecía hasta que, en el centro, aparecía una mancha blanca: ese era el momento de pincharlo y aplicar Zotal. Se exprimía la infección y se lavaba la herida con agua y sal.

Tampoco faltaban las picaduras de víbora. Como las ovejas son muy curiosas y olfateaban todo, a veces eran mordidas en la garganta y había que extraerles el veneno.

Entre los pastores antiguos se hablaba también de un mal llamado «modorras» o «sesos de agua». Las ovejas que lo padecían daban vueltas sobre sí mismas, desorientadas, como si algo les afectara en la cabeza. Creían que tenía que ver con cruces entre animales de la misma sangre, que debilitaban la raza. Si se cruzaban con sementales de otra ganadería, parecía que mejoraban y el problema desaparecía. Pero cuando una oveja caía realmente «modorra», ya no había remedio: había que sacrificarla.

Otra enfermedad común era el «pedrero» o «mal de pezuña». Se ahuecaba el casco de la pezuña y el animal apenas podía caminar, quedaba cojo. Quizá la causa era el desgaste y las largas distancias que recorrían en la trashumancia, que debilitaban las patas. Durante una gran epidemia de pedrero, los pastores de Prádena y Montejo tomaron medidas para evitar el contagio entre los rebaños. Se construyó una nueva reguera en la zona del Valladar para que las ovejas no bebieran del agua contaminada. Cuando la epidemia pasó, la reguera volvió a su emplazamiento original.

Otra enfermedad era la roña, que consistía en la aparición de unos granitos pequeños en la piel de las ovejas. Era parecida a la sarna y se curaba con Zotal rebajado. Esta enfermedad solía surgir cuando las ovejas estaban flacas por falta de pasto. Se mordían a sí mismas porque les picaba mucho y llegaban a arrancarse la lana con los dientes.

También, cuando había poco pasto, aparecían muchas garrapatas. Realmente, donde había muchas, era un problema serio. Se las trataba cada mañana con polvos Zeta Zeta. A veces, las ovejas terminaban sin lana en las paletillas y en el lomo, debido a rascarse o tumbarse sobre la tierra. En aquellos tiempos no había vacunas para las ovejas.

Y cómo olvidar las peleas entre carneros en época de celo. Cuentan que, una vez, junto a la Fuente Limpia, dos carneros se enzarzaron en una dura pelea. Primero se golpeaban con la frente, mochetazos contra mochetazos, y cuando ya estaban agotados, se embestían en los costados. A la mañana siguiente, uno apareció muerto: el pulmón le había reventado por los golpes.

Hoy, al mirar los montes que rodean Prádena, basta con cerrar los ojos un momento para oír el balido de las ovejas, el grito de un pastor llamando a los perros, el sonido del esquilador en plena faena… Porque, como escuché una vez decir a una persona mayor del pueblo, a veces parecía que el hombre era el esclavo de los animales.

Relacionado con las ovejas, había otro momento importante durante el  año para los pastores era el esquileo. Se hacía justo antes de que comenzara el calor del verano. Los esquiladores, de sol a sol, eran capaces de pelar hasta 140 o 160 ovejas en un solo día. Se trabajaba con ritmo, destreza y muchas horas de espalda encorvada.

El proceso del esquileo comenzaba por lo que llamaban «legar la oveja»: se le ataban las cuatro patas y se tumbaba de espaldas. Se empezaba por la paletilla delantera y, desde ahí, se recorría todo el cuerpo con habilidad. Si por accidente se hacía un pequeño corte, no pasaba nada: se curaba con moreno, un polvo rojizo de hierro que se recogía en la fragua del herrero. Era un remedio rápido y eficaz que secaba las heridas al instante.

En Prádena se conocían bien las diferentes razas de ovejas. Las merinas, muy apreciadas por su lana, eran las más sensibles al frío. Como en la sierra no había suficiente comida para ellas en invierno, se las llevaba a Extremadura —la trashumancia que ya hemos descrito—, donde el clima era más templado y los pastos más ricos. Las churras, más pequeñas, eran típicas de zonas como Paredes. Y luego estaban las manchegas, las más grandes, robustas y bien adaptadas tanto al trabajo como a la producción de leche.

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