Pradena del Rincon

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Antigua Fragua, Corral y Toril

ARQUITECTURA Y PATRIMONIO RURAL

Durante años, Prádena tuvo un corral comunal con un potro de herrar y una porqueriza donde se guardaban animales perdidos. Junto a él estaba el toril, donde vivía el toro semental del pueblo, cuidado entre los vecinos. También existía la fragua municipal, donde el herrero reparaba herramientas y herraba animales, cobrando en especie según las posibilidades de cada vecino.

En tiempos pasados, la vida en el campo estaba llena de actividades que muchas veces se hacían entre todos. Había instalaciones que ningún vecino podía tener por sí solo, así que eran compartidas por el pueblo. Entre ellas estaban la fragua, el corral y el toril, todas esenciales para el día a día.

Durante muchos años, Prádena tuvo un corral donde se juntaban los cerdos de todos los vecinos. En el centro se encontraba el potro de herrar, una estructura de madera donde se sujetaban los animales para herrarlos. Más adelante, ese potro se trasladó al lugar que conocemos en la actualidad, y el corral quedó como porqueriza. Pero no solo servía para los cerdos: era también el corral del concejo, y allí se llevaban los animales que se perdían en nuestro término municipal o que venían de otros pueblos a pastar sin permiso. Se guardaban allí hasta que su dueño venía a buscarlos, previo pago de una multa. Hoy, ese antiguo corral es simplemente un almacén del ayuntamiento.

Justo al lado se encontraba el toril. Era un edificio cuadrado donde vivía el toro semental del pueblo, que era propiedad del ayuntamiento. Solo había un toro, y era el encargado de cubrir a todas las vacas. Los vecinos se organizaban para cuidarlo: le daban de beber dos veces al día, le echaban de comer, limpiaban su establo y lo sacaban a pasear. Aunque solían ser toros mansos, siempre hacían falta al menos dos personas para sacarlo con seguridad. Hace tiempo escuché que los vecinos de Prádena intentaban cambiar de toro aproximadamente cada cinco años, para así garantizar la pureza de la raza.

El toril ya no existe, pero muchos todavía lo recuerdan. Según cuentan testigos, durante la década de los 80 se guardaban allí los ataúdes en previsión de que alguien falleciera.

También estaba la fragua, una pieza clave para la vida rural. Allí se hacían las herraduras para los caballos, se arreglaban las piezas del arado y se herraban las vacas. Esta era la fragua más antigua del pueblo y, en su origen, estaba en el edificio viejo del ayuntamiento, aunque luego se trasladó. Era de propiedad municipal, y el herrero cobraba mediante una iguala, es decir, un pago anual en especie. Cada vecino entregaba lo que podía: un celemín o media fanega de grano, según sus posibilidades. A veces, si creían que el pago era demasiado alto, buscaban herrero en los pueblos vecinos. La fragua tenía un gran fuelle que se manejaba a mano para mantener el carbón al rojo vivo.

Más adelante hubo otra fragua en el pueblo, esta vez propiedad de un vecino de Horcajuelo que se casó con una mujer de Prádena. Tenía los mismos usos y también funcionaba con el sistema de igualas, aunque con el tiempo, cuando las cosechas escaseaban, se empezaron a hacer pagos en dinero. Los herreros eran verdaderos artesanos, maestros del fuego y del hierro, imprescindibles en aquella vida rural tan distinta de la actual.

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