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La Copa de Fútbol del Torneo de la Diputación Provincial de 1950
CULTURA POPULAR Y TRADICIONES
En 1950, Prádena ganó un torneo de fútbol comarcal patrocinado por la Diputación de Madrid, venciendo a Montejo por 3-1 en las eras del pueblo. La copa, ofrecida después a la Virgen, se perdió en el incendio de la iglesia. Años más tarde, Epifanio, la recuperó entre los escombros en el campo. Aquella mítica alineación la componían Epifanio; Gregorio; Quintín; Agapito; el párroco don Alfredo; Rafa; Paco; Mariano; e Hilario.
Transcurría el año 1950 cuando se organizó un torneo de fútbol entre varios pueblos de la sierra madrileña. Lo patrocinaba la Diputación Provincial de Madrid, que incluso donó una copa para el equipo vencedor. Según cuentan los mayores, la final de ese campeonato se jugó en Prádena, enfrentando a nuestro equipo contra el de Montejo. Fue un partido muy disputado, pero Prádena se alzó con la victoria por 3 goles a 1.
El encuentro se celebró en las eras, justo donde hoy se encuentra la pista de pádel. En aquel entonces, el terreno era un campo de tierra con algo de pendiente, pero eso no impidió que se viviera un ambiente festivo y emocionante.
El equipo de Prádena estaba formado por vecinos del pueblo, hombres que compaginaban el trabajo del campo con su pasión por el balón, y cuyos nombres seguramente os sonarán. Aquella mítica alineación la formaban Epifanio, que era el capitán; Gregorio; Quintín; Agapito; el párroco don Alfredo; Rafa; Paco; Mariano; e Hilario. El portero era de Madarcos y, durante el partido, sufrió una grave caída que le costó tres costillas rotas.
La anécdota más recordada de aquel día no fue solo la victoria, sino lo que ocurrió después. Según cuentan los mayores de Prádena, al terminar el partido no les entregaron la copa, por lo que los de Prádena marcharon hasta Montejo para reclamar lo que les correspondía por derecho. La copa les fue entregada. Seguro que habrá muchas versiones sobre lo ocurrido realmente.
Pero la historia de esta copa no termina ahí. Conmovidos por la victoria, los jugadores decidieron ofrecer el trofeo a la Virgen y lo colocaron junto a su altar en la iglesia del pueblo. Allí permaneció durante años, custodiado por la Virgen, cerca de los retablos.
Sin embargo, a principios de la década de los 70, la iglesia de Prádena sufrió un devastador incendio. Las llamas destruyeron gran parte del interior: imágenes, retablos… y también la copa. Durante las obras de reconstrucción se retiraron todos los restos calcinados, sin reparar en los recuerdos que se llevaban por delante.
Pasaron los años y, un día, paseando por el campo, Epifanio —capitán de aquel mítico equipo— encontró entre los escombros una figura familiar. Era la copa. Estaba ennegrecida, algo deformada, pero seguía en pie. Sin pensarlo, se la llevó a su casa, donde la ha guardado desde entonces con cariño y respeto.
Hoy, esa copa tiene casi 75 años. Ya no brilla como antes, pero su historia sigue viva en la memoria del pueblo: como testigo de un tiempo en el que el fútbol unía a todos, como recuerdo de aquella inolvidable alineación de jugadores, y como símbolo de cómo cada pequeño triunfo se celebraba como una gran victoria.
A Prádena siempre le ha gustado el fútbol. En los años 80, los partidos se jugaban en las eras, sobre tierra dura y con porterías hechas con postes viejos del teléfono. Los domingos eran sagrados. Llegaban jugadores de los pueblos vecinos y se organizaban amistosos de los de verdad, con empujones, goles por la escuadra y manos que nadie quería reconocer. Aquello era fútbol del bueno, del que se juega con el alma, con el polvo acompañando cada regate, y sin VAR.
También se jugaban partidos de solteros contra casados. Tras el partido, todos compartían una comida, reforzando la amistad entre vecinos y el sentido de comunidad.
En 1988 decidimos dar un paso más. Nació el torneo de fútbol de Prádena, que pronto se convirtió en uno de los eventos más esperados del verano. La recién estrenada pista polideportiva fue el escenario perfecto para dar forma a una idea que venía rondando desde hacía tiempo: organizar un torneo de verano. Recuerdo bien ese primer año… ¡ya se apuntaron ocho equipos de la zona!
Los partidos se jugaban las tardes de sábado y domingo, y las eras se llenaban de vida. Llegaban coches en caravana desde La Hiruela, Montejo, Horcajuelo, Paredes, La Puebla o Madarcos, tocando el claxon y saludando con entusiasmo. La gente traía sillas, refrescos y muchas ganas de animar. El torneo se convirtió en el plan del verano, un lugar de encuentro para charlar con amigos mientras se animaba al equipo del pueblo.
Pero aquello no era solo fútbol. El torneo ayudó a unir a los pueblos, a que los jóvenes se conocieran mejor, tal y como ya habían hecho muchos años atrás nuestros mayores. Por las noches, en las fiestas de cada pueblo, no era raro ver a grupos de jugadores comentando las jugadas del partido de la tarde, discutiendo quién era el máximo goleador o a qué hora jugaba su equipo la siguiente jornada. Había camaradería, piques sanos y muchas risas.
Con el tiempo, el torneo creció. Tanto, que empezamos a contratar árbitros profesionales. Sí, hasta un señor que pitaba en Segunda División y otros en la División de Honor de Fútbol Sala. Todavía me pregunto cómo aceptaban venir a Prádena, con lo poco que les podíamos pagar. Pero allí estaban, ayudándonos con su silbato y su seriedad, controlando partidos en una pista sin luz artificial y con el sol cayendo a plomo.
El torneo se autofinanciaba: se cobraba una pequeña inscripción, se vendían bebidas en el chiringuito —que, por cierto, construyeron los vecinos del pueblo de forma altruista, cada uno ayudando como podía— y al final del verano se organizaba una fiesta en la plaza, con grupo de música y entrega de trofeos. La final era una celebración en sí misma.
Recuerdo un año en el que se apuntaron 24 equipos. Y, con gran pesar, tuvimos que decir que no a seis más, porque ya no había huecos para jugar más partidos el fin de semana. Los partidos se repartían en tres turnos cada día: a las cinco, a las seis y media y a las ocho. Y siempre cruzando los dedos para que no se hiciera de noche o que lloviera. Eran míticas las cajas de botellines al descanso. Todo estaba encajado casi al minuto.
El eco del torneo llegó más lejos de lo que imaginamos. Algunas radios y televisiones locales mencionaron el Torneo de Prádena, ese campeonato de fútbol veraniego que, sin pretenderlo, se convirtió en un clásico. Hoy, casi cuarenta años después, aún se recuerda con cariño. Y cuando coincides con algún jugador de aquellos tiempos en el bar, basta con una sonrisa para volver a aquellos días de sol, sudor y goles.
Prádena llegó a tener dos equipos jugando al mismo tiempo. Y aunque pasaron grandes futbolistas, el equipo que más veces ganó fue Lozoyuela, los famosos «de negro», con su camiseta negra y pantalón blanco. ¡Cómo jugaban aquellos!
El torneo de Prádena fue mucho más que fútbol. Fue amistad, rivalidad sana, tardes inolvidables y una excusa perfecta para vivir juntos el verano. Primero sin árbitros, luego con alguno amateur, y más adelante, con árbitros profesionales. Fuimos creciendo paso a paso, año a año.
Participaban equipos de Villavieja, El Atazar, San Sebastián de los Reyes, El Cardoso, La Puebla, Montejo, Madarcos, Horcajuelo, Horcajo, La Serna, Gascones, Buitrago, Berzosa, Somosierra, Paredes, Lozoyuela, Mangirón, Braojos, Cervera, Piñuécar, Prádena…
Pueblos enteros que se reunían alrededor de un balón y una pasión común. ¡Qué bien lo pasábamos todos!
