Pradena del Rincon

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Los Aperos de la Labranza

VIDA COTIDIANA Y OFICIOS TRADICIONALES

En el campo, cada herramienta tenía su función: guadañas afiladas con martillo y piedra, hoces con zoquetas, arados tirados por bueyes y cencerros para el ganado. Los pastores esquilaban con tijeras y marcaban ovejas con teleras. Burros, cepos, horquillos y ruecas completaban la vida rural, donde todo servía y nada sobraba en las faenas diarias.

Antaño, la vida en el campo giraba en torno a la agricultura y la ganadería. Cada día comenzaba al amanecer y, con las primeras luces del sol, los hombres y mujeres del campo tomaban sus herramientas y se ponían manos a la obra. Todo era muy rutinario.

Las herramientas eran muchas y muy diversas, cada una con una función bien definida. Una escena común era ver a los campesinos afilando sus guadañas con un martillo y un yunque clavado en el suelo. Con paciencia y precisión, golpeaban la hoja para mantenerla recta y afilada. Luego, con una piedra de afilar, hacían el trabajo más fino. Esta piedra, siempre guardada con cuidado en una colodra —un cuerno de vaca colgado a la cintura—, era indispensable para mantener las herramientas listas para la faena.

En los prados, el podón servía para ramonear, el rozador, para cortar zarzas, y la hoz, hermana pequeña de la guadaña, era ideal para cortar hierba y cereales en terrenos más reducidos. Para protegerse de los cortes al usarla, los campesinos llevaban una zoqueta de madera, como si fuera un guante rudimentario.

Los animales eran también protagonistas de la vida diaria. El arado, tirado por casi siempre por bueyes, rompía la tierra gracias a su pesada vertedera de hierro. Para unir a los animales al arado se usaban coyundas de cuero bien engrasadas, y un barzón grande fijaba todo con firmeza.

En las labores de pastoreo, los cencerros colgados al cuello de las vacas permitían ubicarlas con solo oírlas moverse. Y por la noche, mientras los pastores cuidaban el rebaño, se envolvían en su gruesa manta de lana y se protegían del frío y la lluvia con leguis y delanteras de cuero.

Cuando llegaba el tiempo de esquilar, en mayo o junio, las tijeras de esquilar eran fundamentales. Los pastores las usaban durante horas, con sus dedos protegidos por telas para evitar heridas.

Las ovejas también se marcaban con una telera, una herramienta en forma de «T» que, impregnada en tinta, dejaba su huella sobre el lomo de los animales para evitar confusiones con otros rebaños.

En los días de caza se colocaban cepos metálicos en el campo para atrapar conejos, y con el horquillo se limpiaban las cuadras, cargando la basura en el carro para luego usarla como abono.

Los burros eran compañeros fieles. Llevaban sobre su lomo costales con grano para el molino o serones de esparto cargados de estiércol. Sus estribos ayudaban a los jinetes a montar con seguridad.

En las casas, las mujeres hilaban con ruecas y husos, tal como muestra el famoso cuadro de Velázquez Las hilanderas. El escriño de esparto, por su parte, era el nido donde las gallinas empollaban los huevos.

En la noche, cuando tocaba regar los huertos y, según se iba «modernizando» el pueblo, una simple linterna de pilas iluminaba el camino del agua entre las regueras. Y en lo alto del monte, los pastores aún golpeaban con su mazo de madera los palos de las redes para proteger al ganado de posibles ataques inesperados.

La vida en el campo era dura, sí, pero aprovechada con herramientas sencillas, muchas de ellas transmitidas de padres a hijos, que rara vez se rompían ni se perdían, y que hoy podemos encontrar olvidadas y en desuso en los pajares.

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