Pradena del Rincon

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El Lavadero

VIDA COTIDIANA Y OFICIOS TRADICIONALES

Hubo un tiempo en que el lavadero de Prádena, conocido por todos como el Chorro, era un lugar lleno de vida. Seguro que habréis pasado por delante muchas veces cuando vais caminando hacia la Laguna del Salmoral por la carretera de La Puebla.

El relato que os voy a compartir a continuación es uno de los más emotivos y por el que siento mayor admiración. Es algo que he escuchado más de una vez y que hace que, cada vez que paseo por delante del lavadero, me acuerde de esta historia.

Cada mañana, al romper el día, las mujeres del pueblo nos acercábamos con nuestros cestos de mimbre cargados de ropa. Íbamos a lavar, sí, pero también a encontrarnos, a compartir nuestras historias, a reír y, a veces, a llorar juntas.

El agua del Chorro venía desde la Laguna del Salmoral, bajando por una reguera que alimentaba este rincón tan importante del pueblo. El lavadero se utilizaba los 365 días del año, sin importar el frío o el calor. En invierno, había que romper el hielo para poder lavar.

Para conseguir un buen sitio había que madrugar mucho. Cada mujer dejaba su rodillero —una pequeña tabla— en el borde del lavadero para guardar turno. Otras veces, los hijos que se iban de pastoreo con el ganado dejaban el rodillero de su madre colocado cerca del nacimiento del chorro. Las señales se respetaban escrupulosamente. Cuanto más cerca del nacimiento del agua se colocaba uno, más limpia y clara estaba. Por eso, llegar pronto era clave.

El proceso del lavado duraba casi tres días enteros. El primer día, muy temprano, se llevaba la ropa y se empezaba por mojarla y enjabonarla con un jabón casero hecho a base de sosa, grasa y agua. Luego la frotaban con fuerza contra las lanchas de piedra que bordeaban el Chorro. Tras esta faena, la ropa se tendía sobre los matorrales cercanos para que se secara al sol. Por la tarde, las mujeres volvían a recogerla. El segundo día se repetía todo el proceso para eliminar los restos de suciedad y jabón. Y el tercer día era para enjuagar bien, aclarar y dejar que la ropa se oreara al sol.

Este ritual se repetía a lo largo de todo el año. Lavar no era una tarea ocasional, sino constante. Y no solo se lavaba ropa: cuando llegaba noviembre y se hacía la matanza del cerdo, también se usaba el Chorro para limpiar las piezas, aprovechando el agua fría y abundante.

Además del Chorro, existían otros lugares muy cercanos donde también se lavaba: el Canto Blanco, la Casa del Agua, que no era una casa como tal, sino un tramo largo de lanchas de piedra, unos metros más abajo del lavadero principal, en dirección al pueblo, y el chorro del Pernudo, unos metros por encima del Chorro. También se lavaba en unas piedras que había al otro lado de la carretera, justo enfrente de la Casa del Agua. Con el paso del tiempo, estos espacios fueron cayendo en desuso y hoy apenas quedan como testigos de lo que fueron.

Más tarde llegaron las pilas y el agua corriente a las casas, pero aún se llevaba la ropa en barreños a secar al prado de Las Escribanillas y después a los tendederos al sol. A veces también se lavaba en el Arroyo del Pozo, principalmente las sábanas, que al tenderse se quedaban congeladas en invierno.

El Chorro ya no se usa para lavar, pero sigue ahí, silencioso, con su pila de piedra y su agua clara y helada en invierno. Aunque ahora tiene solo un valor simbólico, está lleno de historia: la de las manos que frotaron, de las voces que cantaron, de las risas que se escaparon entre jabones y chismes. Es un rincón que guarda la memoria de muchas mujeres que supieron vivir con sencillez, dignidad y ejemplaridad.

Sirvan estas líneas como sentido homenaje a todas las mujeres y madres, que tanto nos han dado y que tanto nos dan a diario.

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