Pradena del Rincon

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Tradicioines y Constumbres Estacionales

CULTURA POPULAR Y TRADICIONES

Prádena, al igual que tantos pueblos de la sierra y del mundo rural, conserva muchas de sus costumbres y tradiciones, que han perdurado gracias a la transmisión oral de generación en generación a lo largo de los siglos.

Como no podía ser de otra manera, estas tradiciones estaban directamente ligadas a las estaciones del año, al trabajo en el campo y a las necesidades del día a día.

En invierno tenían lugar dos de las celebraciones más esperadas del año: la Noche de los Encamisados y la Vaquilla, fiestas antiguas que marcaban, respectivamente, la llegada de los Reyes Magos y el final del invierno.

Cada 5 de enero se celebraba la Noche de los Encamisados. Al amanecer, los niños y niñas del pueblo se reunían con una emoción especial. Se colgaban cencerros al cuello y salían en grupo hacia una zona conocida como Las Eras, justo a la entrada del pueblo. Allí pasaban la mañana jugando y haciendo sonar los cencerros con fuerza. Era su forma de llamar la atención de los Reyes Magos, como si con el sonido pudieran guiarlos hasta Prádena para que, por la noche, dejaran regalos en sus casas. Los Reyes dejaban lo que podían; a veces era una naranja o una peseta.

Cuando caía la noche, era el turno de los mayores. Los jóvenes volvían a salir a las calles, algunos todavía con cencerros y otros vestidos con sábanas blancas. A estos últimos se les conocía como encamisados. Llevaban en la mano una vara de fresno, y su misión era «ahuyentar», con pequeños golpecitos, a quienes seguían haciendo ruido con los cencerros, como diciendo: «¡A dormir, que los Reyes están por llegar!». Era un juego entre tradición y diversión que marcaba una noche mágica, aunque con el tiempo esta costumbre se fue perdiendo.

Un mes después, ya en febrero, cuando el invierno empezaba a despedirse, llegaba otra de las fiestas más queridas del pueblo: la Vaquilla, celebrada el martes de Carnaval.

Desde por la mañana, los mozos y casados del pueblo salían a cerrar las dehesas, levantando vallas con espinos para evitar que escaparan los animales. Todo se preparaba para un momento simbólico: sacar a las vacas de los corrales, donde habían pasado todo el invierno, y llevarlas a pastar.

Por la tarde, en la plaza, comenzaba la fiesta. Las mozas adornaban la vaquilla con telas de colores, pañuelos y escarapelas. A veces se utilizaba una estructura especial: un armazón cubierto por una sábana blanca, con una cabeza hecha de alambre y tela negra. Los niños corrían delante de ella, mientras los vaqueros —generalmente dos jóvenes— se turnaban para conducirla por las calles del pueblo, asustando a los curiosos con carreras improvisadas.

El señor Genaro, que era el alguacil, repartía vino entre los asistentes. Y al final del día, todos se reunían para merendar chorizo curado durante el invierno, justo antes de que comenzara la Cuaresma, cuando no se podía comer carne… a menos que uno pagara una bula, que costaba entre 50 céntimos y 10 pesetas.

Ya por la noche, seguía la fiesta con baile en el salón del señor José, porque durante toda la Cuaresma no se podría volver a bailar hasta que las campanas sonaran en el sábado de Gloria.

Hoy, aunque muchas cosas han cambiado, la gente de Prádena sigue queriendo mantener viva la esencia de estas tradiciones. Por eso, el aula de adultos decidió hace poco recuperar la Vaquilla, restaurando su figura con cuidado: cabeza de alambre, cuerpo cubierto con sábanas y adornado con pañuelos y lanas para la cola. La ilusión fue la misma que hace décadas.

Cuando llegaba la primavera a Prádena, el pueblo entero parecía despertar con una energía especial. No solo cambiaba el paisaje, también lo hacían las costumbres de la gente.

Uno de los días más esperados era el del hornazo, una merienda popular que, desde tiempos antiguos, reunía a todos los vecinos. Las familias preparaban en sus casas una especie de empanada hecha con masa de pan engrasada y rellena de lomo, chorizo, jamón y un huevo duro. Por eso la llamaban hornazo: porque se cocía en los hornos de las casas.

Unos años se celebraba en el Quiñón del Llano y otros en la Cañada de los Melreros, dependiendo de dónde se sembrase ese año. Aquel día, primero los jóvenes y luego los adultos salían al campo con mantas, cestas y muchas ganas de pasarlo bien. El camino transcurría por las Barreras, el lomo Puente Linares, el Cotorro y el Arroyo del Valle. Durante el camino se echaban tragos de vino. Una vez llegados al lugar del hornazo, se comía, jugaba, cantaba y bailaba juntos hasta que caía la tarde.

Aunque los años han pasado, la tradición sigue viva y, hoy en día, aún se reúnen en el campo —si el tiempo lo permite— cada Sábado Santo. Antaño, si llovía, los vecinos se refugiaban en los tinaos.

Otra tradición primaveral era la cerradura, que solía celebrarse en un día cualquiera del mes de abril. El alcalde elegía la fecha, y todos sabían que había que preparar los prados antes de llevar las vacas a la dehesa. Se revisaban las vallas y los cerramientos para asegurarse de que el ganado no se escapara. Era un trabajo importante, aunque más discreto, pero también formaba parte de la vida del pueblo en esa época del año.

Y si había una fiesta que llenaba de color y alegría las calles, esa era la celebración del 1 de mayo. La noche anterior, los mozos del pueblo salían al campo con carros y vacas para cortar ramas de retama florecida y un árbol grande. Con esas flores, al regresar, adornaban las casas de las mozas que les habían sido asignadas por sorteo. Puertas, balcones y ventanas amanecían llenos de flores, y todo el pueblo salía a pasear para admirarlas.

Para el árbol grande se hacía un hoyo en la plaza y se plantaba con la ayuda de estacas y sogas, tirando desde los balcones más cercanos para ponerlo recto. Una vez colocado el mayo, todas las mozas del pueblo se hacían mayas. Se sorteaba qué moza y qué mozo debían estar juntos para bailar una jota, sin importar si eran pareja.

Durante ese tiempo, desde el 1 de mayo hasta el 29 de junio, día de San Pedro, cada mozo debía rondar a su moza con guitarras y jotas serranas, y bailaban juntos los domingos. Cuando llegaba San Pedro, las mozas preparaban rosquillas, y todos se iban juntos al campo a merendar. Aunque hoy en día esta fiesta ya no se celebra, los más mayores aún recuerdan con cariño aquellos paseos entre flores y música.

Otra de las tradiciones de primavera se realizaba el primer domingo de marzo. El agua es indispensable para la vida de los pueblos: es el sustento para los huertos, la agricultura, la ganadería y, por supuesto, para los propios vecinos. El agua de regadío de Prádena proviene de los manantiales que discurren por las laderas de las montañas de su término municipal, una vez que se derrite la nieve caída durante el invierno.

La forma de canalizar el agua hasta la Laguna del Salmoral, popularmente conocida como «los estanques» o «las charcas», es mediante regueras que, en su día, fueron hechas a mano por los habitantes del pueblo hace más de cien años. Hoy, una parte de estas regueras está entubada.

La primera reguera consistía en limpiar las regueras de todas las hojas caídas durante el otoño y el invierno para así facilitar que el agua llegara a la laguna. El primer domingo de marzo, todos los vecinos que tenían huerto, ganado o necesidad de utilizar el agua durante el año subían al monte, hasta un lugar llamado «la madre», donde nace la reguera principal. Otros iban hasta la Fuente Santa y la Fuente Gómez, que abastecían de agua al arroyo Tomillar. Entre todos limpiaban las regueras de las hojas caídas durante el invierno.

Al final de la jornada se elegía al alcalde de reguera y al secretario. Estos dos cargos eran independientes del ayuntamiento municipal y tenían plena jurisdicción sobre todo lo relacionado con la reguera. Esta tradición está documentada en libros manuscritos desde el siglo XIX, que se iban pasando de mano en mano y que, hoy en día, todavía se conservan. Dichos libros incluyen las ordenanzas y reglas de funcionamiento de la reguera tal y como las definieron nuestros antepasados hace más de 120 años.

Los cargos se renuevan anualmente y son elegidos por sorteo entre todos los regantes que no hayan desempeñado todavía alguno de ellos. Al concluir la jornada, se organizaba un almuerzo entre todos para celebrar el final de la tarea y comentar cuestiones relacionadas con la reguera. Esta tradición sigue vigente hoy día.

Cuando llegaba el verano y el calor empezaba a apretar, Prádena se llenaba de vida con sus tradiciones veraniegas: algunas religiosas, otras agrícolas y muchas simplemente festivas. Eran días de mucho trabajo, pero también de mucha alegría.

Una de las primeras celebraciones del verano era el Corpus Christi, que tenía lugar sesenta días después del Domingo de Resurrección. Las calles se transformaban en un recorrido solemne y hermoso: algunos vecinos adornaban altares con flores frescas y sábanas blancas. Había al menos dos altares principales: uno en la antigua puerta del Ayuntamiento, en la Plaza de la Constitución, y otro en el barrio de La Mayra. Aquellos días olían a incienso y a pétalos, y todo el pueblo participaba con respeto y devoción.

Luego llegaba la Noche de San Juan, una de las más mágicas del año. Los mozos dormían todos juntos en una cuadra, como si fuera un campamento de amigos. Al amanecer, salían al campo en busca de la flor del saúco, que recogían con cuidado para colocar junto a las matas de garbanzos de sus huertos. Era una forma de pedir a la tierra una buena cosecha, una especie de ofrenda que unía lo pagano con lo agrícola, como si la naturaleza escuchara.

A principios de junio se celebraba la Segunda Reguera, otro momento clave para el pueblo. Quienes necesitaban el agua para sus huertos, prados o animales se reunían para limpiar las regueras: tapaban fugas, quitaban obstáculos y dejaban los canales listos. Así, el taponero podía abrir el paso del agua cada mañana desde la laguna hasta los campos, asegurando el riego diario. Esta tradición, basada en el sentido común y la colaboración, aún se mantiene viva.

También existía un hábito que todos recordaban con una sonrisa: «la costumbre». Si un forastero o forastera venía al pueblo y se enamoraba de alguien de Prádena, debía «pagar la costumbre». No era nada oficial, pero todos lo sabían. Podía ser con dinero, con bebidas, con comida… lo importante era contribuir a la comunidad. Todo lo recaudado se guardaba para preparar una gran merienda durante las fiestas de julio. Pero si alguien se negaba a pagar, se arriesgaba a acabar vestido, empapado… ¡y echado al pilón en plena fiesta!

El verano en Prádena no estaría completo sin las fiestas patronales, que hoy se celebran el 16 de julio en honor a la Virgen del Carmen. Aunque antiguamente tenían lugar en octubre, en honor a la Virgen del Rosario, tras la cosecha, ahora se viven en pleno verano, con más calor y más alegría. Durante ese fin de semana, el pueblo se llena de música con orquestas, charangas, procesiones, juegos tradicionales y bailes que no dejan a nadie sentado. Es una fiesta abierta, donde vecinos y visitantes de los pueblos cercanos celebran juntos como una gran familia.

Cuando llegaba el otoño a Prádena y el campo empezaba a teñirse de ocres y dorados, el pueblo no se detenía. Era la época del lino, una planta que durante generaciones fue parte esencial de la vida cotidiana. Hoy puede parecer extraño, pero antes era casi lo único que había. Por eso, el lino y la lana eran los materiales más valiosos.

El lino se cultivaba en unos terrenos fértiles llamados linares, cerca del pueblo. Parecía un cereal y se sembraba con mucho cuidado. En septiembre se recogía en manojos y se llevaba al río, a unas pozas en la parte baja del pueblo, donde se dejaba en remojo varios días para que se ablandara. Después venía el trabajo manual: lavarlo, cardarlo y alisarlo hasta obtener unas fibras finas que luego se hilaban en los telares.

Las prendas hechas con lino eran blancas y algo ásperas al tacto, pero muy resistentes. También se hacían peales (a modo de calcetines), ideales para llevar con las albarcas en los días fríos.

Hoy ya no se cultiva lino en Prádena, pero queda el recuerdo. Uno muy especial y personal fue el de las camisas de lino, que nos cuenta una vecina:

Mi hermana nos hacía la ropa: camisas, vestidos, incluso pantalones. Comprábamos las telas en Montejo, aunque no teníamos ni un metro para medirlas. Ella lo hacía todo a ojo, con su sabiduría y práctica. Para calcular dónde poner el hombro, medía con los dedos: ocho bastaban.

Yo siempre la observaba, intentando aprender. Recuerdo especialmente un vestido amarillo con pintas negras que me hizo. Quería ponerle bolsillos con pliegues, y para hacerlo bien, vino un día su cuñada, que descosió con cuidado un bolsillo de otra prenda para ver cómo estaba hecho. Luego lo volvió a coser como si nada, y con esa muestra, mi hermana me hizo los bolsillos del vestido.

También me hizo una blusa de seda azul preciosa. Tenía una cinta pasada por unos ojales y, en los lados, dos lazos de un azul más oscuro. Otra vez me cosió una blusa blanca con canesú. No podíamos comprar ropa, así que la que teníamos la usábamos hasta que se gastaba del todo. A su marido le hacía los pantalones de pana. Eran más difíciles, y ella me lo explicaba paso a paso. Me enseñaba cómo debía colocarse la tela para que salieran bien. Siempre tenía paciencia para enseñarme”.

El día de Todos los Santos, el 1 de noviembre, los chicos del pueblo subían al campanario por la tarde. Allí hacían una hoguera, recogían las patatas que habían quedado olvidadas en los campos tras la cosecha y las asaban en las brasas. Mientras el fuego crepitaba, las campanas no dejaban de sonar. Durante toda la noche, los mozos tocaban el clamor, ese sonido grave y pausado que honraba a los difuntos. Algunos incluso tallaban calaveras en calabazas para recordar a los antepasados. Era una noche solemne, pero también mágica, en la que el fuego, el humo y las campanas llenaban el aire de memoria y respeto.

Apenas unos días después, hacia el 11 de noviembre, llegaba una de las tradiciones más esperadas por todas las familias: la matanza. Durante dos o tres días se reunían padres, hijos, abuelos y tíos en torno al patio o la cocina para sacrificar el cerdo que se había criado durante todo el año. Nada se desperdiciaba. Con cuidado y saber hacer, afilaban los cuchillos, cogían las cuchillas y tejas para raspar el pelo del cerdo después de haberlo «socarrado» y restregado con agua caliente hasta que salía toda la suciedad de la piel. El primer día se hacía morcón para cenar toda la familia, y con el caldo de las morcillas se hacían sopas. Luego se preparaban chorizos, jamones y morcillas, que después colgaban en las cocinas, cerca del humo de la chimenea, para que se curaran con calma durante el invierno.

El cerdo se pesaba en una romana por si acaso la muestra era «mala», es decir, si tenía triquina. Entonces ese cerdo se quemaba y enterraba, y todos los vecinos daban a esa familia una parte proporcional del peso de su propio cerdo, para que no se quedaran sin carne para alimentarse.

Había un momento muy importante: la muestra. Se cortaba un trozo de carne magra, un trozo de hígado y un poco de lengua; se envolvía cuidadosamente y se enviaba en el coche de línea al veterinario, para comprobar que no hubiera triquinosis. Si no se decía nada, era buena señal. Pero si había triquina, el veterinario venía al pueblo con su microscopio.

Hoy la matanza ya no se celebra, pero quienes la vivieron la recuerdan como una fiesta de unión, esfuerzo… y también de sabores inolvidables.

Y cuando el otoño daba paso al invierno, y diciembre llegaba con su viento helado, los niños del pueblo se llenaban de ilusión por una tradición que aún sigue viva: la ronda del aguinaldo. La noche del 24 de diciembre salían en grupos, casa por casa, cantando villancicos con zambombas, panderetas, castañuelas y hasta botellas de anís vacías que frotaban con cucharas para hacer música. Las canciones llenaban las calles y los vecinos, agradecidos, entregaban unas monedas.

Lo bonito es que ese dinero no se quedaba en sus bolsillos: se guardaba con cariño para ayudar a organizar las fiestas patronales de julio, como las charangas y actividades para los mayores. Lo que empezaba como un canto navideño acababa siendo un regalo para todo el pueblo.

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