Pradena del Rincon

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Objetos para uso Doméstico

VIDA COTIDIANA Y OFICIOS TRADICIONALES

Dentro de la casa existían múltiples y variados objetos, como las trébedes para calentar pucheros en la lumbre, las planchas de hierro, el almirez de bronce, el brasero para calentar debajo de la mesa, el cántaro de agua, la lampara de combustión o la romana para pesar.

La vida en las casas de Prádena era sencilla, muy humilde, y cada objeto que había en el hogar tenía su función, muchas veces más de una. No sobraba nada, pero tampoco faltaba lo esencial. Así eran los objetos, y siempre quedaron en la memoria del pueblo historias contadas por una vecina como esta:

Para planchar la ropa se usaban unas planchas de hierro pequeñas. Siempre había dos: una se dejaba en la lumbre con carbón y, cuando se enfriaba la que se estaba usando, se cambiaban. Había que tener cuidado, porque si se calentaban demasiado podían quemar la ropa. No era tarea fácil.

El café se calentaba en un puchero metálico, con tapa y asas. También los había de barro. Ese puchero era compañero fiel de las mañanas y las sobremesas. Se ponía sobre las trébedes, que eran como un pequeño trípode de hierro que se metía entre las brasas. Ahí se cocinaban muchas cosas.

Para alumbrarnos teníamos candiles y lámparas de combustión, porque la luz eléctrica llegó tarde al pueblo. Y para calentarnos, el brasero, que se colocaba debajo de la mesa camilla. Allí, con una manta encima, nos sentábamos todos a entrar en calor. Algunos braseros tenían rejilla para que no se quemaran los pies, pero, aun así, había que tener mucho cuidado con el fuego.

En Semana Santa, en vez de sonar las campanas, usábamos la carraca de madera. La tocábamos con fuerza por las calles, y su sonido seco y repetitivo marcaba el luto por la muerte de Cristo.

En la cocina no faltaba el almirez de bronce, que servía para machacar ajos y especias, y el molinillo de café que, con su manivela y su cajoncito, llenaba la cocina de un olor inconfundible.

El pan se hacía en casa cada ocho días si la familia era grande. Se amasaba en la artesa, una gran vasija de madera. Para recoger los restos de masa se usaba un recogedor especial. Y en el horno, el rastrillo plano ayudaba a manejar el pan.

La carne también se preparaba en casa. Para hacer chorizos, por ejemplo, se usaba una máquina de picar que funcionaba con manivela. Se picaba la carne con paciencia y se adobaba con mimo. Todo eso ocurría sobre la mesa de la matanza, donde se sacrificaba el cerdo y se realizaba todo el ritual.

Para pesar los ingredientes teníamos la romana, una balanza antigua pero eficaz. Y para calentar los pies en la cama, nada mejor que una bolsa de agua caliente.

Para beber agua fresca, el botijo era imprescindible en verano. De barro cocido, con sus dos pitorros, siempre colgado o sobre la mesa. Algunos eran lisos, otros decorados con mimo.

La leche se guardaba en un cántaro después de ordeñar a las vacas. Y para el aseo diario se usaba otro cántaro y una palangana, porque no había agua corriente. El agua se recogía en las fuentes o en los pilones del pueblo.

Lavar la ropa era una faena dura. Se hacía en el lavadero del camino a La Puebla, con tabla de lavar. Se frotaba bien la ropa contra los bordes de madera, con agua helada.

Para barrer había escobas caseras, hechas con ramas secas. Cada una tenía su uso: la de esparto, para la artesa; la de algarabía, para dentro de casa; y la más basta, para el suelo y el corral. El cepillo de barrer y el banco de madera eran parte del mobiliario diario.

En cada casa había un cesto de mimbre, útil para todo: desde llevar huevos hasta guardar la labor. Y un orinal bajo la cama, porque los baños no existían. Algunos eran de loza, otros de hierro, y siempre con asa.

También teníamos tabaqueras de cuero, para los que liaban sus propios cigarrillos, y una perforadora para ajustar los cinturones.

El fuelle era clave para avivar la lumbre, sobre todo en invierno, cuando costaba encender el fuego. ¡Qué arte había que tener con el fuelle!

Y, por supuesto, no puedo olvidar la silla del barbero. Todos pasábamos por allí. Don Pedro cortaba el pelo a hombres y niños. Venía gente de Madarcos, de Paredes… incluso iba a Horcajuelo los domingos. Cuando se pusieron de moda los Beatles, los mozos se dejaron el pelo largo y Pedro, con mucha guasa, acabó dejando las tijeras. A veces cobraba en dinero y otras en huevos o patatas. Y, si el corte era por la noche, lo hacía a la luz del candil.

Esta es la historia de cada objeto, y entre todos formaban parte del ajuar de las casas de Prádena.

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