34
Las Fuentes y los Manantiales
VIDA COTIDIANA Y OFICIOS TRADICIONALES
El agua procedía de fuentes y manantiales, filtrándose desde la montaña tras la lluvia y la nieve. Para regar, el agua venía de fuentes como Gómez, Santa, Eugenio o La Madre. Para beber, se traía desde la Fuente Limpia, el Caño, la Pradera del Toro o la fuente de los Arandinos. El agua es fundamental para la ganadería y el riego de los huertos, así como para uso humano.
En Prádena el agua siempre ha sido vida. Sin ella, no habría huertos, ni ganado, ni pueblo. Por eso, desde siempre, sus gentes han cuidado con mimo cada fuente, cada arroyo, cada manantial. Y no es para menos: pocas tierras pueden presumir de tener tantos hilos de agua corriendo por sus campos.
Los más conocidos son el río de los Santillos, el arroyo del Caño, el de Puente Linares y el de la Garita. Pero lo más importante no son los nombres, sino lo que representan: una red natural de agua que ha dado de beber al ganado, ha llenado los huertos y ha sostenido la vida durante generaciones.
Uno de los espacios más valiosos es la Laguna del Salmoral. Allí se recoge el agua que baja de los manantiales para regar las huertas y, hoy en día, también para ayudar a apagar incendios. Incluso los helicópteros acuden allí a llenar sus cubas cuando el monte se enciende.
Las fuentes y manantiales de Prádena nacen del mismo vientre de la montaña. El agua de lluvia y de nieve se filtra por las laderas de la sierra, se cuela entre piedras y raíces, y brota, limpia y fresca, allá donde la tierra la deja salir. En esos rincones más llanos y húmedos hay que andar con cuidado: dicen los más mayores que no es raro encontrarse alguna víbora, que también busca el frescor.
Cuentan que antes llovía y nevaba más. La tierra estaba más húmeda, los manantiales tenían más caudal y el agua nunca faltaba. Hoy se almacena más, pero muchos manantiales se han ido secando. El agua, como tantas otras cosas, ya no corre como antes.
Antaño, toda el agua era potable. Nadie la trataba. Simplemente nacía de la tierra —fruto de las lluvias y de las nieves— y se bebía tal cual. Para organizar su uso, se canalizaba según su destino: si era para riego, se dirigía a la Laguna del Salmoral; y si era para consumo humano, se conducía al depósito del pueblo.
Para regar, el agua venía de fuentes como Gómez, Santa, Eugenio o La Madre. Para beber, se traía desde la Fuente Limpia, el Caño, la Pradera del Toro o la fuente de los Arandinos. Algunas tenían más de un nombre, como la del Caño, que también se conocía como Matarredonda, según el terreno donde se encontraba.
Una de las historias más recordadas es la de la Fuente Limpia, el mejor manantial de todos. En los años 50, los vecinos la canalizaron con pico y pala, abriendo una zanja recta hasta el depósito viejo del pueblo. El agua bajaba desde la pedriza, cruzando la Pradera del Toro. El maestro de aquella obra fue el señor López. Fue un trabajo duro, pero valió la pena: gracias a eso, se pudieron llenar por primera vez las fuentes públicas del pueblo.
Esas primeras fuentes fueron las de la plaza de la Constitución, la plaza de atrás y el pilón del cementerio, todas construidas por el Servicio de Regiones Devastadas en los años 40. Si uno se fija bien, verá que tienen el mismo diseño: sobrias, de piedra y coronadas con una bola de granito.
En los años 60 llegaron las llamadas fuentes modernas: una en la Mayra y otra junto al potro de herrar. Ese fue otro paso importante para que, poco a poco, las casas empezaran a tener agua corriente.
Con el tiempo, se construyó el depósito nuevo, más grande, que se alimenta del Canal de Isabel II, trayendo agua desde el valle del Lozoya. El agua del depósito viejo se reserva ahora para el ganado y los huertos.
Pero hay muchas más fuentes. La Madre, por ejemplo, nace en el valle de La Hiruela. Pasa por la Mata de Santa María, cruza el arroyo de Montenegro y va hasta la Laguna. Allí, cuentan, se celebraba una tradición curiosa: cuando un joven participaba por primera vez en la hacendera de la reguera, los mayores le hacían «besar la cruz» —una raya picada en la piedra del arroyo— metiendo la cabeza en el agua. Un rito de paso, entre el juego y la iniciación.
Estaban también la modesta fuente de la Pradera del Toro, las fuentes de los Lanchares, que marcan la mojonera con La Puebla, la Fuente Vieja (cerca de la iglesia, para regar la parte baja del pueblo) y la simpática fuente Eugenio, que un vecino del pueblo apañó con cariño para ponerle un caño y que todos pudieran beber.
Había otras más humildes, como la Fuente Coja, en la dehesilla, cerca de la peña de los balcones, hoy seca por un corrimiento de tierras. Dicen que llovió tanto aquel año que la tierra no aguantó más… y explotó.
Y no podemos olvidar el arroyo de los Tormos, en la dehesa de Ana Gutiérrez, que lleva el agua a los abrevaderos del ganado.
Prádena es agua que ha sido fuente de vida, de trabajo y de historias. Y si tenéis tiempo, deteneos a leer la placa que adorna la fuente de los Cinco Caños, en la carretera de La Puebla, según se sube hacia los estanques. Es un magnífico reconocimiento a nuestros mayores. La placa dice:
En sentido homenaje a nuestros mayores, quienes, antes de que a todos nos invadiera la cultura de la subvención, supieron aunar esfuerzos para el beneficio común. A golpe de pico y pala, trajeron el agua desde las cumbres que te rodean hasta el lugar en que te encuentras.
