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La Ganadería en Prádena del Rincón
VIDA COTIDIANA Y OFICIOS TRADICIONALES
En Prádena, el ganado era vital: las vacas y las cabras daban leche, los bueyes trabajaban el campo y transportaban cargas, y cada familia tenía al menos una yegua. Los potros se cruzaban con burros para obtener ingresos, y todo estaba registrado por el Ayuntamiento. Los pastores cuidaban el ganado desde chozas rurales, y los porqueros vigilaban a los cerdos en el campo.
En la España rural, el ganado seguía siendo esencial para la gente de Prádena. Las vacas no solo daban leche: también criaban terneros que se vendían en los mercados de Buitrago y Montejo, lo que permitía a las familias conseguir algo de dinero para gastos importantes. Los bueyes, por su parte, eran los grandes trabajadores del campo: araban la tierra, tiraban de carros llenos de leña o piedras y ayudaban a construir las casas del pueblo. Como decía un abuelo del pueblo en plan de broma: Antes con las yuntas todo el término municipal estaba arado, ahora con los tractores no se ara ni la mitad.
En aquella época, cada familia tenía al menos una yegua. Solo unas pocas disponían de dos caballos o dos mulas. Los potros que nacían del cruce entre yeguas y grandes burros traídos desde Zamora se vendían, y así se obtenía un ingreso más para la casa.
Todo el ganado estaba cuidadosamente registrado. El Ayuntamiento debía enviar cada año un formulario al Gobierno, especialmente al Ministerio de la Guerra, que, en tiempos difíciles, podía requisar los animales para el ejército, algo que preocupaba mucho a las familias rurales.
En cuanto a los pastores, antes la dehesa estaba abierta, sin cercas de alambre como hoy en día. Por eso se construyeron tres pequeñas chozas para que los pastores pudieran cuidar del ganado durante todo el día y la noche. Esas chozas, aún visibles hoy, se llaman la Choza de las Escampadas, la Choza del Cerrillo y la Choza de Gustarllano.
Estaban también los «porqueros», que eran quienes cuidaban de los guatos, cuando se les sacaba al campo a comer y moverse.
A comienzos de los años 80, la vida en Prádena seguía girando alrededor del ganado. En 1982, el pueblo tenía 196 vacas, cuidadas por 18 ganaderos. Las ovejas sumaban 1189, repartidas entre cinco pastores, y aún había 28 yeguas que pastaban por los prados. La ganadería no era solo un oficio, era el centro de la vida diaria. Todo se medía con el ritmo del campo, del ordeño, del pastoreo, del nacimiento de un choto.
Pero los tiempos empezaban a cambiar. En 1984, las vacas habían aumentado hasta 258, mientras las ovejas comenzaban a escasear: ya solo quedaban 652, y únicamente tres pastores se encargaban de ellas. Era el inicio de una transformación silenciosa, donde el ganado bovino ganaba terreno y el ovino comenzaba a desaparecer. Para 1991, la tendencia se había consolidado: 347 vacas pastaban por los montes de Prádena, y las ovejas apenas llegaban a 598.
Cada animal pagaba su uso de los pastos comunales. Por cada vaca o yegua, el Ayuntamiento cobraba 600 pesetas —unos 3,50 euros de hoy—, mientras que las ovejas pagaban 60 pesetas, apenas 40 céntimos. Así se organizaba el uso de la tierra, cuidando que todos tuvieran su parte.
Cuenta una familia del pueblo que tenían tres vacas: a una la llamaban Serena, porque era tranquila y obediente; otra se llamaba Piñana; y la tercera, por su color rojizo, era conocida como Colorina. Se compraban en la feria de Buitrago, que se celebraba en septiembre. Aquello era todo un acontecimiento: la feria bullía de gente, tratos, gritos y el olor inconfundible del ganado. Había que andar listo: si te despistabas, te quedabas sin vaca y sin trato.
Los chotos, cuando ya crecían un poco, se vendían a los vecinos de Piñuecar o en la feria de San Miguel en Montejo, la primera del año, donde siempre había buen movimiento y compradores serios.
Cuidar a las vacas era cosa de todos los días, pero sobre todo había que estar atentos cuando se acercaba el parto: se les daban unos papelillos de Bacalbin, un antibiótico para evitar infecciones. Era importante mantenerlas sanas: de ellas dependía el pan de cada día.
Pero no todo era sencillo. Una vez ocurrió una tremenda desgracia a un vecino del pueblo. Por error, confundió los papelillos de Bacalbin con Fusina, un pesticida para tratar la simiente del trigo antes de sembrar. Sus tres vacas murieron. Fue un golpe durísimo para esa familia, pues sin ellas no se podía labrar, no se podía tirar del carro, no se podía sembrar. Y si no se sembraba, no se comía. En aquellos tiempos, perder una vaca era como perder la vida. Y perder tres… ni te cuento.
Hoy, muchos de aquellos prados están en silencio, pero si le echas un poco de imaginación, seguro que puedes escuchar el mugido de Serena, el paso lento de Colorina por la dehesa o el bullicio de la feria en Buitrago.
La vida en Prádena también dependía del bosque. El roble era el rey del monte: se sacaban toneladas de leña cada año para calentar las casas en invierno. Este trabajo se organizaba en verano a través de las suertes, porciones de monte municipal que se sorteaban entre los vecinos. Por eso, en Prádena se dice que «la leña calentaba varias veces»: primero en verano, cuando se cortaba y se acarreaba al pueblo en carros, y después en invierno, cuando ardía en las chimeneas.
Además del roble, también había fresnos, cuya madera se usaba para fabricar yugos. Tras la Guerra Civil, muchos pinos fueron replantados a mano en las zonas altas. Los hombres de Prádena subían todos los días andando desde el pueblo para participar en la repoblación de los pinos que hoy se ven. Les pagaban una peseta por cada pino plantado.
Junto a ellos crecían otras especies: cerezos silvestres, serbales, acebos, arces de Montpellier y madroños, que daban color al paisaje y alimento a la fauna.
