36
La Reguera
VIDA COTIDIANA Y OFICIOS TRADICIONALES
En Prádena, el agua no es solo un recurso, sino una necesidad, una historia compartida que viene de lejos, de siglos atrás, cuando la vida del pueblo giraba en torno a la agricultura, el ganado… y la necesidad constante de agua.
El agua centra gran parte de las conversaciones diarias de los habitantes de Prádena: nacía de los manantiales que brotan en las laderas de la montaña y se dirigía hacia un pequeño lago artificial, que aún se conserva y se conoce como la Laguna del Salmoral. Aunque si preguntas a los mayores, te dirán que de siempre se ha llamado simplemente «las charcas» o «los estanques».
Este estanque no se hizo solo. Hace muchos años, los propios habitantes de Prádena cavaron la tierra con azadón, palada a palada, para construirlo. Desde allí, el agua bajaba por un sistema de acequias —algunas aún abiertas, otras ya entubadas— que alimentaban huertos, daban de beber al ganado y mantenían vivos los prados.
Pero lo más hermoso de la reguera no es solo su utilidad, sino el espíritu con que se cuida: un trabajo colectivo, organizado por los propios vecinos del pueblo. Cada año se nombran tres cargos muy importantes: el alcalde de reguera, el secretario y el taponero, este último encargado de abrir y cerrar el agua del estanque para repartirla.
Todo esto está documentado desde hace mucho. Se conservan dos libros: uno de 1782, donde ya aparecen ordenanzas antiguas, y otro de 1916, con doce normas claras que regulan el uso del agua. Estas ordenanzas fueron firmadas por los regantes de entonces, hombres y mujeres que, con toda probabilidad, fueron bisabuelos de muchos de los que hoy viven en Prádena.
La reguera se lleva a cabo dos veces al año. En la primera, el primer domingo de marzo, se limpian las acequias desde el pueblo hasta la laguna. En la segunda, en mayo, se limpian los arroyos que vienen desde el monte. Después de esta última, a pie de reguera y al aire libre, se celebra una reunión anual donde se eligen los cargos para el año siguiente y se discuten los asuntos importantes. Todo se hace de viva voz, como manda la tradición.
En verano, cuando el agua es más necesaria, el riego se organiza por turnos: seis horas para cada vecino, aunque a veces puede ser menos si el huerto no necesita tanto. Todos respetan su tiempo y cuidan que el agua no se desperdicie.
Y lo más curioso de todo: la reguera se gestiona de manera totalmente independiente del Ayuntamiento. Funciona sola, con sus propias normas, autonomía y autoridad. El alcalde de reguera manda durante un año y, pasado ese tiempo, se elige a otro.
Así es la reguera: agua, trabajo compartido y herencia viva. Si un día paseas por los estanques, siéntate un momento en un banco, escucha el sonido del agua entre las piedras, respira hondo… y piensa que, bajo esa corriente, fluye también la historia de un pueblo que aprendió a organizarse para cuidar lo que más le faltaba: el agua.
