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Horno de Campanas
ARQUITECTURA Y PATRIMONIO RURAL
Se descubrió durante los trabajos de restauración de la iglesia en 2011 y se calcula que data entre 1510 y 1566. El horno consta de cinco moldes, y restos de un sexto, excavados en la propia tierra. En estos moles se fundían los metales con los que se fabricaban las campanas. Los maestros campaneros, una vez concluida su tarea, inutilizaban el horno, y se desplazaban a otra ubicación.
Hace mucho tiempo, entre los siglos X y XI, los hombres que trabajaban fundiendo metales como el cobre y el bronce no eran religiosos, sino laicos. Ya en los siglos XV y XVI, el arte de fundir campanas alcanzó su mayor esplendor, justo en la misma época en la que se cree que funcionaba el antiguo horno de campanas de Prádena. Este se descubrió durante los trabajos de restauración de la iglesia en 2011 y se calcula que data entre 1510 y 1566.
Los maestros fundidores trabajaban cerca de las iglesias, junto al atrio de piedra, donde el eco del martillo parecía mezclarse con las oraciones. Su oficio era antiguo y se transmitía de generación en generación, casi como un secreto sagrado. No hacían simples objetos: ellos creaban campanas, pero, sobre todo, campanas cuyo sonido se traducía en voz para los habitantes de Prádena.
Todo empezaba con el molde. Con barro, paja y cera, daban forma a la campana con sumo cuidado. Cada curva, cada detalle, cada inscripción tenía su propósito. Después llegaba el momento de fundir el bronce, con una mezcla de 78% de cobre y 22% de estaño. El taller era como un templo donde se forjaban sonidos para la comunidad.
Cuando el metal se enfriaba, la campana se liberaba del molde y comenzaba otro proceso: la limpieza y el pulido. Con cinceles, cepillos y piedras de esmeril, los maestros trabajaban hasta que el bronce reflejara la luz del sol como si fuera oro. Solo entonces sabían que estaba lista.
Pero cada molde era único. Una vez terminada la campana, el molde se destruía. Así, los fundidores protegían su arte, como si cada campana llevara una parte de su vida en ella. Por eso, encontrar restos de moldes antiguos es algo realmente raro, y por eso se cree que, en el caso de Prádena, los fundidores quizá se vieron obligados a marcharse de repente o murieron antes de completar su trabajo.
El taller de campanas de Prádena es una joya arqueológica. Se han encontrado seis moldes: cinco de ellos en perfecto estado y uno casi derruido. Aunque existen restos similares en Zamora, lo que hace único al taller de Prádena es la cantidad de moldes y lo bien conservados que están.
Hoy en día, la torre del campanario del pueblo tiene cuatro huecos para campanas: dos grandes y dos pequeños. Pero, más allá de la aleación, el tamaño o la ubicación, lo más importante era su sonido, su voz.
Una vez terminada, la campana se colgaba de una estructura de madera y se hacía sonar por primera vez. Ese momento era mágico. El repique debía ser profundo, redondo, como una ola que recorría las calles del pueblo. Si el sonido era el adecuado, la campana era elevada al campanario entre poleas, esfuerzo y la emoción de todos los vecinos.
Desde entonces, las campanas han acompañado la vida de Prádena. Cada toque tiene su propio significado, y los habitantes saben distinguirlos todos:
- Tres toques solemnes al mediodía, para el Ángelus.
- Un repique alegre los domingos, para reunir a la comunidad.
- Un tañido grave y pausado para anunciar la muerte de alguien, como una guía para el alma.
- Un repique desordenado, urgente, para alertar de un peligro, como el fuego.
Las campanas hablaban. Llamaban a misa, anunciaban bodas, celebraciones y desgracias. Cada acontecimiento del pueblo se contaba con su lenguaje de bronce. Y es que, para muchos, la voz de la campana era como la voz de Dios, resonando sobre los tejados y los campos, uniéndolo todo en un mismo latido.
Así ha sido durante siglos. Y hoy, cuando el viento sopla en Prádena, todavía se puede oír esa voz antigua y poderosa que parece decir: «Aquí estamos. Seguimos juntos».
