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La Hermandad de San José y las Hermanas de María
CULTURA POPULAR Y TRADICIONES
Fundada hacia 1850, la Hermandad de San José reunía a los hombres de Prádena para ayudarse mutuamente en tiempos difíciles. Organizaban entierros, hacenderas y actos religiosos, y cada miembro debía ocupar algún cargo al menos una vez. Celebraban su fiesta el 19 de marzo con elecciones y subastas comunales. Las mujeres formaron la Hermandad de María, dedicada al cuidado de la iglesia.
La solidaridad de los habitantes de Prádena ha sido siempre una constante y una de sus señas de identidad. Un ejemplo claro era la Hermandad de San José, conocida por todos como la Hermandad de los hombres, y la Hermandad de María, o Hermandad de las mujeres.
La Hermandad de San José no era una hermandad cualquiera. Nacida en torno al año 1850, reunía exclusivamente a los hombres del pueblo con un propósito claro: ayudarse unos a otros, sobre todo en los momentos difíciles. En un entorno de economía de subsistencia, donde no sobraba nada, este tipo de organización suponía una red de apoyo crucial. Por ejemplo, si durante la matanza del cerdo —tan importante para asegurar el alimento del año— un animal salía enfermo y no podía consumirse, las demás familias del pueblo donaban parte de su carne, en proporción al peso de sus propios cerdos, para que nadie quedara sin comida.
La Hermandad contaba con dos libros manuscritos que han llegado hasta nuestros días. El primero, de 1850, recoge las cuentas y donativos que los fieles ofrecían a la imagen de San José. El libro, encuadernado en piel y muy bien conservado, fue iniciado por Ildefonso García, mayordomo desde 1836, y ha sido traspasado de mano en mano desde entonces. El segundo libro, de 1919, detalla los nombres de los miembros y su participación anual en dos tareas fundamentales: entierros y «cenderas», que es como se refiere a las hacenderas
Cada año, el 19 de marzo, festividad de San José, se celebraba una reunión general. Tras una merienda acompañada por un «cuerno» de vino, se elegían los cargos de la Hermandad a mano alzada y se subastaban dos prados comunales: el Prado de la Cofradía y el Piojal de Dios, que se alquilaban para pastar el ganado. También se sorteaban las orillas de los arroyos que podían segarse. Todo se hacía de viva voz, como mandaban las costumbres.
Los cargos dentro de la Hermandad estaban muy organizados:
- El alcalde decidía qué tareas había que realizar.
- El mayordomo recogía limosnas, gestionaba los gastos y organizaba las actividades.
- Más adelante, por la carga de trabajo, se sumaron otros cargos como secretario, tesorero, portaestandarte, crucero y palio, todos con funciones concretas, desde llevar la cruz en las procesiones hasta organizar las meriendas o portar el estandarte.
Todo era altruista. Los hermanos desempeñaban estas tareas mientras seguían con su trabajo en el campo o cuidando el ganado. Y lo más importante: cada hombre debía ocupar un cargo, al menos una vez en su vida. Así se garantizaba la rotación y la participación de todos.
Las cuentas de la Hermandad estaban meticulosamente anotadas. Por ejemplo, en 1923, el alcalde entregó a su sucesor un saldo de 11,40 pesetas. Ese año se recaudaron 9,10 pesetas más, se gastaron 12 en cera y el saldo final quedó en 9,50 pesetas «a favor del santo». A veces, los ingresos procedían de subastas realizadas durante las fiestas del pueblo, especialmente en la procesión de la Virgen.
Durante esta festividad, los hombres pujaban en subasta abierta por el privilegio de llevar las varas que sostenían la imagen de la Virgen. Por su parte, las mujeres preparaban ramos de flores que luego se subastaban en el pórtico de la iglesia. También existían las mandas, donativos hechos a modo de promesa, destinados a reparar bancos, encalar las paredes o cuidar la sacristía. Esta tradición se conserva hoy día.
Pero las mujeres de Prádena no se quedaban al margen; también tenían su propia congregación.
La Hermandad de María, también llamada de la Fuentevieja (por la fuente cercana a la iglesia donde lavaban la ropa), surgió como su contraparte femenina. Se organizaban en verano, cuando acababan las faenas del campo. Su estructura incluía presidenta, secretaria y tesorera, y su labor estaba más ligada a tareas relacionadas con la iglesia: cuidar los ornamentos de la Virgen, montar el Belén, ayudar al párroco y mantener limpia la iglesia.
Ambas hermandades, cada una a su manera, representaban los valores más profundos del mundo rural: la fe, la ayuda mutua, el compromiso con el otro y con el pueblo. Y aunque el tiempo ha pasado, los libros, los recuerdos y las historias que nos transmiten aún perduran.
