Pradena del Rincon

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La Alimentación Diaria

VIDA COTIDIANA Y OFICIOS TRADICIONALES

Las gallinas, cabras y cerdos eran la base de la alimentación familiar. El pescado era un lujo ocasional y las frutas, solo las del huerto. Predominaban los guisos, chorizos y patatas secas. Las celebraciones eran sencillas, y en Nochebuena se cocinaba pollo y flan casero de postre. El pan era un alimento básico.

Igual que tantas y tantas cosas de la vida rural, el alimento que se comía dependía mucho del propio esfuerzo de los habitantes de Prádena.

Cada alimento que se llevaba uno a la boca era fruto de lo que se trabajaba en el campo, en el huerto o con los animales de casa. Las gallinas, las cabras y los cerdos eran la despensa viva de la familia: de ellos salían la carne, los huevos y la leche que alimentaban a todos, día tras día.

El pescado era casi un lujo. De vez en cuando pasaba un vendedor ambulante con sardinas, arenques o bacalao en salazón, y entonces, si había suerte y se podía, se compraba algo para variar el sabor de la semana.

Las frutas se recogían de los árboles del propio huerto: manzanas, peras, ciruelas… lo que daba la tierra y el clima. Las naranjas y los limones apenas se veían, y ni hablar del resto de frutas.

Abundaban las patatas secas con panceta, así como los manjares de la olla, el chorizo, las costillas y el lomo de cerdo.

No era costumbre celebrar los cumpleaños, pero sí se organizaban meriendas para festejar el final de las labores del campo. Aquello sí que era una fiesta: los vecinos se reunían, compartían lo que tenían y se regaban las alegrías con vino, que solía poner el ayuntamiento. El alguacil era quien lo repartía, y siempre había buen humor y ganas de brindar.

La Nochebuena era especial. En cada casa se cebaba un gallo durante meses solo para esa cena. Se cocinaba con arroz, en un puchero que se ponía a la lumbre, y, como postre, se hacía un flan casero con los huevos que daban las gallinas del corral. En ocasiones especiales, como un bautizo, también se preparaba arroz con leche.

Después de la Guerra Civil, todo se volvió más difícil. Llegaron los años de escasez y con ellos la cartilla de racionamiento, tal y como ya os he comentado en páginas anteriores. Se repartían los alimentos como podía, y cada persona tenía derecho a una cantidad según su edad y su fuerza de trabajo. Había una cartilla para la carne y otra para el resto. Los hombres recibían la ración completa, las mujeres un poco menos, y los niños aún menos. Aquello duró hasta 1952. Había que arreglárselas como fuera.

El pan era la base de todo. Se hacía en casa, en los hornos que cada familia tenía. Se amasaba una vez a la semana, según el número de bocas que hubiera que alimentar. La artesa era fundamental para hacer el pan: un gran cajón de madera, hecho de una sola pieza, que servía tanto para la masa como para preparar todo lo necesario en la matanza.

Y no podía faltar algo dulce. En muchas casas se hacían los famosos bollitos de la abuela, con harina, manteca y algún que otro ingrediente secreto que no se contaba a nadie. Se guardaban en un puchero metálico y se ofrecían con el café a las visitas. Las rosquillas eran más de tarde en tarde, pero los bollitos… ¡esos sí que no faltaban!

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