Pradena del Rincon

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El Botiquín

VIDA COTIDIANA Y OFICIOS TRADICIONALES

En la década de los años 20 del siglo pasado, en el pueblo había un botiquín compuesto por principios activos que se destinaban a la cura de las dolencias más comunes. Los medicamentos se compraban a Paulino de Angulo, una farmacia ubicada en la calle Postas, 28, de Madrid.

En el siglo pasado, en Prádena la salud era un asunto serio… y complicado. El mundo rural vivía sin los servicios médicos básicos que ya empezaban a ser comunes en la ciudad. No había ambulatorios, ni farmacias, ni médicos de guardia. Tan solo un doctor para toda la Sierra del Rincón, que vivía en Montejo, a dos kilómetros del pueblo. El andancio-enfermedad vírica que produce gastroenteritis y fatiga muscular- estaba a la orden del día.

Cada semana, el médico hacía su visita rutinaria a Prádena. Si alguien enfermaba fuera de ese día, había dos opciones: o el enfermo se subía a lomos de un burro hasta Montejo, o se esperaba con paciencia a que el médico bajara. Las urgencias, claro está, no siempre esperaban.

En el pueblo no había farmacia como tal, pero el Ayuntamiento había organizado un pequeño botiquín: un armario con frascos y productos para curar tanto a personas como animales. En aquel entonces la vida humana y la del ganado se cuidaban con el mismo esmero y, muchas veces, con los mismos remedios. Los vecinos hacían las veces de veterinarios de sus propios animales.

Los medicamentos se encargaban a una antigua casa de comercio de Madrid: Paulino de Angulo, una tienda fundada en 1640 y situada en la calle Postas. Cada entrega se apuntaba con detalle en un registro diario: qué se daba, cuánto y a quién.

Y en medio de esta medicina rural y de andar por casa, también había sitio para la publicidad. En 1925, un comerciante llamado Eutiquio García mandó una carta al Ayuntamiento ofreciendo su producto milagroso: los Comprimidos Egarvic, un remedio que, según él, curaba el dolor de muelas, la artritis y la gota. Junto con las pastillas, enviaba también una sugerencia: que el encargado del botiquín las recomendara a sus amistades y, de paso, se quedara con el 20 % de lo que recaudara.

Así era la vida en el pueblo. Entre botiquines compartidos, médicos itinerantes y remedios de papel, los vecinos de Prádena hacían lo que podían para cuidarse unos a otros.

A continuación, se detallan los productos que componían el botiquín y el uso que se daba a cada uno de ellos:

Uso humano:

Aceite de ricino (1 lata): caída del pelo, artritis y picaduras de insecto.

Yoduro potásico (100 g): problemas de tiroides.

Óxido de zinc (500 g): ungüentos para proteger de quemaduras del sol.

Agua de laurel (500 g): estimula el apetito para ganar peso.

Subnitrato de bismuto (250 g): combatir la diarrea y problemas intestinales.

Dermatol (100 g): trastornos cutáneos como la psoriasis.

Vaselina sólida (500 g): distintas aplicaciones en la piel.

Trementina (1 kg): antiinflamatorio, previene catarros, dolores musculares.

Alcanfor refinado (100 g): sedante en caso de cólicos renales.

Mercurio vivo (300 g): tratamiento de pus en la piel.

Benzonatato (250 g): alivia la tos.

Almidón en grano (500 g): antídoto en caso de intoxicación por yodo.

Carbonato de magnesio (500 g): laxante.

Pastillas de clorato (250 g): hidratante en caso de vómitos y diarrea.

Novocaína (250 g): anestésico local.

Bicarbonato (2 kg): alivio de acidez estomacal.

Uso animal:

Tinol (100 g): plaguicida y fungicida.

Ácido bórico (1 kg): insecticida contra plagas de hormigas, pulgas y cucarachas.

Éter sulfúrico (250 g): anestesiar garrapatas en animales antes de eliminarlas.

Uso agrícola:

Sulfato de magnesio (3 kg): potenciar el crecimiento de patatas y tomates.

Uso doméstico:

Cloroformo (250 g): disolvente o desengrasante.

Termolina (4 paquetes): impermeabilizante.

Benzoato de sosa (250 g): conservante de alimentos.

Lactobacilina (6 cajas): producir quesos.

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