Pradena del Rincon

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Las Huertas

VIDA COTIDIANA Y OFICIOS TRADICIONALES

Las huertas eran esenciales para la autosuficiencia del pueblo. Se cultivaban ajos, patatas, tomates, judías, cebollas, calabacines y pimientos. Se abonaban con estiércol natural, y la siembra seguía un calendario preciso.

En Prádena, las huertas siempre fueron parte esencial de la vida diaria. No se trataba solo de sembrar, sino de cuidar con mimo la tierra que daba de comer a las familias. Las huertas eran, sobre todo, para el consumo propio: ajos, patatas, tomates, pepinos, judías, lechugas, zanahorias, calabazas, pimientos, calabacines… cada casa cultivaba lo que necesitaba para el año.

Los primeros datos que tenemos sobre nuestra agricultura doméstica se remontan al siglo XVIII, cuando el Marqués de la Ensenada ordenó realizar su famoso Catastro. Entonces, en los alrededores de nuestro pueblo apenas había algunos perales de invierno, unos pocos nogales y ciruelos silvestres.

Durante mucho tiempo no volvemos a tener noticias precisas, hasta que en 1940 ocurrió algo que marcaría un antes y un después: apareció por primera vez en Prádena el temido escarabajo de la patata, tal y como ya os he narrado en páginas anteriores.

Al principio, solo llegaban cartas al alcalde con advertencias, dibujos y consejos sobre cómo identificar y combatir aquella plaga. Los vecinos no se lo tomaron muy en serio… hasta que lo vieron con sus propios ojos.

Los trabajos del huerto seguían el ritmo del año y del cielo. Si el tiempo acompañaba, en marzo se empezaba a alzar la tierra. Luego se le daban varias vueltas para orearla bien. En enero, mucho antes, se sembraban los ajos, que eran más duros frente a las heladas. En mayo llegaba el turno de las patatas, judías, tomates, pepinos, calabazas, calabacines, remolachas, pimientos, lechugas, zanahorias, berzas y lombardas.

A finales de julio, si todo iba bien, empezaban a recogerse los primeros frutos: los tomates eran los primeros en llegar; luego, los pimientos, pepinos, zanahorias… y al final, ya en septiembre u octubre, las patatas, que aguantaban más.

Pero no todo era tan fácil. Dos enemigos preocupaban, y siguen preocupando, mucho a los vecinos: las heladas tardías de mayo, que podían quemar las hojas y echar a perder la cosecha, y las temidas tormentas de verano, que solían traer granizo y arruinar el trabajo de meses en solo unos minutos.

El abono que se usaba era natural, de oveja. Se recogía del suelo de los pajares, donde los animales se resguardaban del frío del invierno. Ese estiércol, fermentado durante meses, era oro para la tierra.

Todo se medía en antiguas unidades: el celemín y la fanega. Por ejemplo, cuando se llevaba trigo al viejo molino del río, se pagaba un celemín por cada costal de grano molido. Un celemín equivalía a unos 4,6 litros, y doce celemines hacían una fanega.

La vida en las huertas de Prádena giraba en torno al trabajo diario, al ritmo de las estaciones y al conocimiento transmitido de generación en generación. Un mundo humilde, pero lleno de sabiduría.

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