11
Casa del Teléfono
ARQUITECTURA Y PATRIMONIO RURAL
La “casa de teléfonos” era el punto de conexión de Prádena con el exterior. Allí una operadora gestionaba las llamadas a través de Buitrago, avisando cuando la comunicación estaba lista. Las conversaciones se hacían en un pequeño locutorio y se anotaban los costes en un libro. Si alguien llamaba al pueblo, había que salir corriendo a buscar al destinatario.
Hasta no hace mucho, en Prádena no había teléfonos en las casas. Ni fijos ni móviles, claro está. Tener teléfono era un lujo, algo fuera del alcance de la mayoría. En los años 70, ni siquiera el ayuntamiento tenía uno.
Cuando alguien quería hablar con un familiar que vivía fuera —en Madrid o en cualquier otra ciudad— tenía que ir a la «casa de teléfonos». Era un lugar especial, con dos aparatos: uno principal, que conectaba Prádena con Buitrago (donde estaba la verdadera centralita), y otro secundario, en una habitación aparte, que funcionaba como locutorio.
El proceso era toda una ceremonia. Uno llegaba, daba el número al que quería llamar, y la operadora se encargaba de avisar a Buitrago. Desde allí llamaban al número indicado. Si la persona descolgaba, transferían la llamada a Prádena, y entonces la operadora te pasaba al segundo teléfono, el del locutorio. Por fin, podías hablar.
Al terminar, había que saber cuánto había costado la llamada. La encargada de la casa contactaba de nuevo con Buitrago para conocer el importe, te lo decía y lo apuntaba todo en un libro. A fin de mes, se pagaba.
A veces sucedía al revés. Alguien de fuera llamaba a un vecino del pueblo. Entonces, había que salir corriendo a buscarlo: a su casa, al campo o al huerto. El tiempo apremiaba, porque la llamada estaba en curso y no se sabía cuánto iba a durar. ¡Y no había tarifa plana! Cuanto más duraba, más cara salía.
Más adelante, el teléfono se instaló en la taberna del señor José —que hoy es el restaurante El Rincón—. Fue un gran avance. Luego pusieron una cabina en la plaza del ayuntamiento viejo. Esa cabina fue el centro de muchas historias.
En verano, por las noches, se formaban largas colas después de las diez, ya que era más barato llamar a partir de esa hora. Muchos esperaban su turno para llamar a los familiares que estaban trabajando en Madrid, mientras el resto de la familia pasaba las vacaciones en el pueblo. Se oían voces bajitas dentro de la cabina, risas… lágrimas, a veces. Y afuera, paciencia y tertulia.
Comunicarse antes era lento, costoso, y cada llamada era un pequeño milagro.
