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La Casa Serrana
ARQUITECTURA Y PATRIMONIO RURAL
Las casas tradicionales eran sencillas y funcionales, reflejo de una vida austera y ligada al campo. Servían tanto de vivienda como de pajar o establo, construidas con materiales del entorno: piedra, barro, madera y paja. El barro para los adobes se extraía de las “barreras” cercanas al río, siendo el del arroyo del Pozo el más resistente.
En Prádena, como en tantos pueblos de la sierra, las casas no eran solo lugares para vivir: eran el reflejo de una forma de vida austera y ligada a la tierra. La mayoría de las construcciones eran viviendas humildes o pajares donde se guardaban los aperos de labranza, el ganado y la hierba segada en verano.
Esta casa es un ejemplo de la arquitectura rural tradicional. Fue construida por los propios vecinos del pueblo, usando materiales recogidos del entorno: piedra, barro, madera… Nada sobraba y todo tenía un propósito. En estas viviendas, lo primero era la funcionalidad. Se construían con adobes y piedra seca. Los adobes se hacían de barro mezclado con paja. El barro se obtenía de las barreras, que estaban cerca del río. Había dos barreras: una en el arroyo del Pozo, próxima a la solana del Lomo del Peral, y otra en el arroyo Puente Linares, aunque el barro más resistente era el del arroyo del Pozo.
Se hacía una mezcla de barro y paja, llamada adobe, que destacaba por ser un excelente aislante e impermeabilizante. Esta mezcla se pisaba y luego se metía en un molde formado por tablas para obtener la pieza de adobe, que se dejaba secar allí. Cuando el adobe estaba seco, se traía al pueblo con el carro o en un serón de burro.
En la planta baja se solía alojar a los animales —cerdos, cabras y gallinas—, que no solo formaban parte del sustento familiar, sino que también ayudaban a calentar la casa en invierno. Su calor subía hasta la planta superior, donde vivían las personas, sirviendo como una calefacción natural que se complementaba con el fuego de la lumbre o el brasero. La vivienda era sencilla, pero acogedora.
Casi todas las casas tenían un pequeño horno de pan. Los muros eran gruesos, construidos con piedra y barro, y el tejado, de teja, se apoyaba en una armadura de madera. Las puertas y ventanas también se hacían a mano, también de madera, siguiendo las tradiciones del lugar.
Algunas calles del pueblo eran estrechas, porque las casas se construían muy pegadas entre sí. Esto no solo protegía del viento y del frío, sino que creaba pequeños pasillos entre los muros que servían de zona de juegos para los niños. También los jóvenes los utilizaban como «pasillos de enamorados», donde podían estar juntos sin ser vistos.
Un detalle muy característico de estas casas era el banco de madera colocado justo frente a la puerta. En verano, era el lugar donde los vecinos se sentaban al fresco a charlar, comentar las noticias del día o simplemente compartir compañía, pero también se usaba para romper nueces o desgranar vainas de judías.
Con el paso del tiempo, la forma de construir en Prádena ha cambiado. Hoy en día, tanto la construcción de nuevas viviendas como el mantenimiento de las antiguas está regulado por normas municipales creadas en los años 90. Gracias a estas, el pueblo ha sabido conservar su encanto rural, con casas de piedra rústica y madera que armonizan con el paisaje natural que lo rodea.
Junto a las viviendas, los pajares eran esenciales: allí se guardaban las ovejas, las vacas, las herramientas de labranza y la hierba. Tanto las casas como los pajares estaban inscritos en el Registro Fiscal de Edificios y Solares, donde cada inmueble tenía su ficha individual, que recogía el nombre del dueño, los metros cuadrados, los linderos y el valor fiscal, que servía para calcular los impuestos que debía pagar al Ayuntamiento.
A comienzos de los años treinta, una vivienda media apenas superaba los 34 metros cuadrados por planta, aunque en ellas vivían familias de más de cuatro personas. El valor del metro cuadrado rondaba las 13 pesetas, con precios algo más altos en el entorno de la iglesia y el casco antiguo. Todas las casas pagaban una contribución del 4 %. En el caso de los pajares, los más pequeños pagaban incluso más, entre un 3 % y un 6 %, según su tamaño. Todos estos datos quedaban anotados en otro libro oficial: la Lista cobratoria.
Otra casa, donde vivió otra familia, estaba cerca de la carretera. Según nos han contado, la casa no era grande ni lujosa, pero estaba llena de vida. En la entrada, tras un portalón de madera, había una pequeña escalera y, casi siempre, cerdos y gallinas que compartían el patio con los niños. El cuarto de baño, como tal, no existía: era simplemente la cuadra, donde se hacía lo que había que hacer, sin más misterios. No había agua corriente, y para lavarse o cocinar se sacaba el agua de la fuente; se llenaban cántaros que luego se guardaban en un rincón fresco.
En el piso de arriba estaba la cocina, con un suelo de piedra muy irregular, lleno de baches y relieves que el tiempo había tallado. Allí ardía la lumbre: una gran chimenea donde se cocinaba, se calentaban las manos en invierno y se escuchaban historias. Había unas trébedes para sujetar las ollas, un poyete para sentarse cerca del fuego y los cántaros de barro se alineaban junto a la pared.
El salón tenía el suelo de tarima, algo crujiente y desigual. No había muchos muebles: una mesa camilla redonda, rodeada de sillas humildes de madera, y un pequeño armario que servía de alacena, donde se guardaban los vasos, los cubiertos y la vajilla del día a día. No había nevera, así que la comida se conservaba en la despensa, una especie de fresquera, fresca y oscura, donde el aire mantenía los alimentos durante unos días.
Desde el salón se accedía a los dormitorios, que no tenían puertas ni ventanas. Solo unas cortinas separaban los espacios, y dentro apenas cabía un camastro sobre una tabla y un colchón de lana, a veces compartido por varios hermanos.
En la parte más alta de la casa estaba la cámara, el desván. Allí se guardaban los trastos viejos, garbanzos para secar, manzanas en cajas y, cómo no, también ratones, que siempre andaban al acecho. En un rincón descansaban unos baúles hechos de chapa metálica y madera, donde se guardaba la poca ropa buena que había, doblada con mimo para que durara años.
Por las tardes, cuando ya estaba todo hecho, la familia se sentaba a escuchar la radio. Eran momentos de paz. Se oían cuentos, pequeñas radionovelas y, años más tarde, programas como el famoso Consultorio de Elena Francis, donde se contaban «cosas de mujeres», de amor, de penas y de consejos, aunque curiosamente el equipo de guionistas estaba compuesto por hombres.
No se necesitaba más. Ni televisión ni grandes lujos. Lo que unía a las familias no era lo material, sino el calor del fuego de la lumbre o el brasero, las charlas tranquilas, la risa compartida. La familia era la unión, y con eso bastaba. Las familias eran felices y compartían muchos momentos con los vecinos, bien a la sombra de un banco o en las calles del pueblo.
